Volver atrás

dilbert

Volver atrás: uno de los recursos, podríamos decir, suficientes para la existencia del humor. Terminamos de leer/ver/escuchar la situación presentada y… tenemos que volver atrás.

La “teoría de incongruencia” del humor -ya presentada- propone que en una situación potencialmente humorística coexisten siempre dos posibles interpretaciones. Nuestro cerebro, al avanzar en la lectura, muy velozmente se queda con una, “la más posible”, pero ante el remate encuentra que la interpretación elegida no es congruente con lo que sucedió al final: es hora de volver atrás y dar lugar a la segunda interpretación, menos probable (y por eso inicialmente relegada) pero posible. Esto es esencial: hablamos siempre de interpretaciones posibles. La menos probable, pero posible, es coherente con la resolución de la situación presentada y da lugar al humor: reímos o lo que sea (humor no equivale siempre a carcajada).

En el ejemplo, cuando llegamos al último cuadro, pasando por el silencio y ceño fruncido de Dilbert en el segundo cuadro, por un instante algo nos sobresalta; es un “¿qué pasó?” casi involutario que nos lleva a volver la vista hacia atrás. Una palabra había quedado relegada en el primer cuadro: “anónima”. La pericia del humorista para construir la afirmación del gerente lleva a nuestra concentración a enforcarse inicialmente en que, por un lado, hubo una encuesta y, por otro, el gerente hace una devolución y consulta al respecto. Allí no hay ningún problema. Es la interpretación más probable, aun si nuestro cerebro “absorbió” también la anonimidad de la encuesta; es la velocidad de lectura, la búsqueda del remate, la que nos lleva a saltearnos este detalle por un instante.  Es más tarde que volvemos atrás y todo recobra sentido. Tal vez el mismo “volver atrás” no se da mecánicamente con la vista, no hay una relectura: simplemente la velocidad de lectura nos llevó hacia adelante con el foco puesto en una interpretación (“encuesta, pregunta del gerente”) y cuando leemos el remate, el foco, la lamparita dentro nuestro se enciende: “¡decía que era anónima!”. De esta segunda manera suele darse frente al humor visual u oral, donde no tenemos instancia de relectura; estará en la pericia del humorista o comediante conducirnos a través del chiste manteniendo vivas en nosotros las múltiples posibles interpretaciones, como el mago que tiene la carta escondida detrás de la mano (¡frente a nuestros ojos!) todo el tiempo hasta revelarla al final del truco.

ronixinc

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