Idea

Estaba en medio del desayuno, cuando me atacó el pensamiento del tiempo transcurrido con un leve susurro —«ya es julio»—, como una gota amarga queriendo aguar el sabor de haber amanecido una vez más. Podía ignorarlo, taparlo con algún estímulo exterior estridente, pero más bien opté por observarlo y observarme, desdoblando mi capacidad de percepción para abrazar el momento en su totalidad. Para mi sorpresa, invocada tal vez por el silencio, detrás del pensamiento gris emergió una idea. Bella, estilizada, finísima. Su brillo me encandiló; no la esperaba hoy, un día como cualquier otro, signado solamente por la inminente llegada del plomero-gasista.

1

El timbre, las llaves, los buenos días.

¿Cuál es el problema?

En el baño. —Fui tajante casi sin proponérmelo.

Lo observé mientras sacaba sus herramientas.

Esa gotera.

Le señalé el balde y el ruido insoportable bajo el lavabo y salí de allí antes de que el plomero-gasista notara mi mala predisposición. Quise preguntarme por qué lo estaba tratando así, pero recordé mi idea (ya me había apropiado de ella) y me encerré en el dormitorio; debía aislarla de otros pensamientos.

Sonó el timbre.

¡Es para mí! —se oyó desde el baño.

«Deben ser los repuestos», pensé. «¿Pero qué repuestos?», me corregí.

Es mi señora —oí al salir de la habitación.

Guardé la desconfianza para otra mirada y me dirigí a la puerta en silencio.

¿Está Raúl? —se oyó cuando acerté a la cerradura con la llave.

¿Qué Raúl? Ah, sí, sí.

Dos niños entraron como disparados al liberar la presión de la puerta. No habré podido disimular mi desconcierto porque en seguida la señora se excusó. Hice un gesto afirmativo —pestañas levemente cerradas ocultando cualquier disconformidad—, y le di paso.

¡Raúl! —gritó, alcé las cejas. Se dirigió hacia el baño como siguiendo el rastro de un animal en el bosque. Raúl la recibió y en su gesto recordé a otra persona, un conocido que hacía tiempo que no veía o evitaba ver. Deduje que por eso había tratado injustamente al plomero-gasista. Quise disculparme, pero hubiera sido todo muy engorroso de explicar; lo enmendaría, tal vez, antes de despedirnos.

2

Volví a ahogar todo ruido exterior al cerrar la puerta de mi habitación. Si no lograba asir por completo la idea, al menos con unos minutos de reflexión, tendría que despedirme de ella. Tardé en notar la presencia de los niños, uno a cada lado del armario. Me miraban como maravillados, juzgando por el tamaño de sus ojos, pero ninguno abría la boca. Tal vez jugaran a algo, quizás era yo alguna criatura extraña, un monstruo gigante. Desistí de sumarme a la representación.

Permanecimos en silencio, pero no podía concentrarme.

¿Qué? —pregunté, o más bien exhalé, como si hubiese contenido el aire por mucho tiempo.

No hablaremos con usted.

No queremos entablar relación con usted.

Preferimos que siga siendo un extraño.

Porque morirá antes que nosotros.

Y no queremos pasar por ese sufrimiento.

La sincronización de las voces era algo exagerada. Me pregunté por la edad de estos pequeños.

Tengo una idea —dije; no podía ni quería pensar en otra cosa. No continué.

Guárdesela.

Necesitamos una radio.

Queremos captar mensajes en la estática radial.

Mensajes subliminales extraterrestres.

«Hay mensajes subliminales en cualquier emisora de radio terrestre», pensé.

Pueden usar la mía. Está en la cocina.

No.

Pensará que somos sus amigos.

Si nos la presta es porque somos sus amigos.

¿En qué fallamos? —teatralizó uno, con las manos en la cabeza. Yo miraba por la ventana, contemplando mi interior.

Yo los odio —dije sin pensar, intentando ayudar.

Sonrieron. Uno comenzó a trabajar con un aparatito en sus manos. El otro buscaba algo en sus bolsillos.

Veamos la grabación.

La filmadora tiene que haber captado todo.

¿Qué? —escupí otra vez.

Me miraron.

¿Quién es ése?

No lo conozco.

Yo tampoco.

Busqué algún anotador en el escritorio. Debía anotar algo sobre la idea, aunque fuese mínimo. No podía dar con una birome.

Aquí están grabados los últimos minutos.

Grabamos cada cosa que sucede y luego lo vemos.

Nos aseguramos de que todo esté bien.

Que nada se nos escape.

¿También graban los minutos que pasan mirando la grabación? —No dije más y salí de la habitación.

3

Está listo, doctor.

La que habló fue la señora del plomero-gasista. Estaba parada detrás de la puerta quién sabe desde hacía cuánto.

No soy… —detuve la corrección, no quería dar lugar a una conversación innecesaria. Agudicé el oído; no escuchaba rastros de la gotera. Fui hacia el baño.

Raúl no está —anticipó la señora antes de que yo mismo lo notara. No había plomero ni herramientas.

¿Adónde fue? —me arrepentí de preguntar; no había necesidad de hacerlo, el trabajo estaba listo—. ¿Tiene una birome? —agregué, intentando desviar la atención a ese otro tema más preocupante.

Fue a visitar a su tío al hospital. Está muy enfermo y tenemos que pagar su tratamiento.

Demostré toda mi comprensión con una mirada, o al menos eso intenté, pero borré todo con la tosca pregunta:

¿Cuánto le debo?

Asumí que ése podía ser mi único aporte a la situación del tío de Raúl. El número que me dijo se escapaba del presupuesto. Estaba atrapado en una red que yo mismo había ayudado a construir.

Pero yo cuidé a los chicos… —dije entre dientes para mí mismo, aunque se oyó claro en el silencio sin goteras.

Sí, pero aquí no hay gotera —aclaró la señora. Y agregó con un pragmatismo innecesario—: y yo no sé qué logró usted con mis hijos.

La actividad cerebral que requeriría cualquier respuesta llevaría mi postergada idea a terrenos pantanosos. Entregué el dinero con una mirada entre confundida y desilusionada, y despedí a la señora y los niños.

4

El destino me favoreció: alguien había dejado caer una birome frente a la puerta de mi casa. Corrí al escritorio. Respiré profundo y me concentré. La idea estaba todavía ahí, aunque indefinida y con bordes difusos; ya no brillaba, parecía casi una idea común. No me alarmé; podía tomar nota de algunos elementos y confiar en que, quizás otro día, la idea completa volvería a acudir, invocada por la lectura de sus componentes centrales. Quién sabe, tal vez así podría haber sido, de no ser porque la birome estaba gastada.

Pablo (Racca)

El pibe que escribe

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