De la propiedad intelectual sobre las obras

Klaus se sentó al borde de la ruta. A ambos lados, el camino se extendía más allá del alcance de la vista. De haber tenido que continuar su viaje, Klaus hubiese sabido qué dirección tomar: derecha o izquierda, dos direcciones posibles, una decisión sencilla. Pero no era éste el caso; sus ojos se dirigían al otro lado de la ruta. Con un leve movimiento de cabeza, musitando apenas los números, contaba las hojas desparramadas fuera de su alcance.

Klaus había intentado tres veces apoyar un pie en el asfalto. Apenas sugerido el movimiento, automóviles a la velocidad del rayo aparecían desde ambos lados, impidiendo la acción. Sentado ahora, abrazado a sus rodillas, usando como respaldo aquella bolsa de veinte kilos de harina que lo seguía a todas partes, evocaba una vez más el momento en que había pasado de sentir cierta familiaridad con el texto mecanografiado en las hojas, a comprender que estaba leyendo las páginas de su propio libro en construcción, replicadas palabra por palabra y escondidas en el cajón de un despacho desconocido, en tierras que jamás había visitado. En un acto de arrojo ajeno a sus costumbres, Klaus había tomado las hojas y corrido en cualquier dirección, alejándose de aquella casa abandonada a la que no recordaba cómo había llegado en primer lugar. Se sentía un extraño en aquel pueblito perdido (era un extraño), pero nadie parecía prestarle atención aun si corría como un desesperado, seguido a pocos metros por un saco de harina viejo que desparramaba algo de su contenido en cada salto. Mientras escapaba, Klaus se repetía que no cometía crimen alguno; aquellas historias eran suyas. No estaba seguro si podría comprobarlo, y trataba de entender cómo hacerlo cuando tropezó a pocos metros de la ruta y el viento con soplo fuerte se encargó del resto.

El atardecer tomó matices indescriptibles, pero el cansancio había vencido a nuestro héroe. Más tarde creería que había sido un sueño: un auto se detuvo frente a él, un hombre de bigote ancho bajó y tomó una a una las hojas desparramadas. Si tenía conocimiento de la situación antes de llegar ahí, no lo sabemos, pero al leer se le dibujó una sonrisa. La bolsa de harina dio un respingo mientras el auto desaparecía. Klaus despertó envuelto en silencio, sacó libreta y birome de su bolsillo y, sin levantar la vista más allá de sus zapatos, se dispuso a escribir una vez más.

Pablo (Racca)

El pibe que escribe

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