El concejal

Era la época de la crecida del río y la correntada traía cosas de lo más extrañas a las costas del pueblo. Debíamos caminar con atención por la playa —”con un ojo en la espalda”, como decía mi mamá— por los bichos que podían aparecer, y convenía andar siempre con un baldecito para recoger piedras, caracoles o alguna que otra flor desconocida. Pero lo más raro que nos trajo la crecida fue un concejal.

Según mis recuerdos, ni mis hermanas ni yo estuvimos en el momento en que el concejal desembarcó pero, pasados ya varios años, tanto nosotras como cada uno de los habitantes del pueblo podía describir con todo detalle el cuadro y lo que sentimos al ver al hombre descendiendo del camalote. No fue que a primera vista notásemos que era un concejal; él se presentó de esa manera, aun antes de decir su nombre, al que nadie prestó atención. Vestía con cierta formalidad, pero resaltaba más bien lo gastado de su ropa, que coincidían con su voz cansada. Lo mirábamos como a un bicho raro y él parecía sentirse cómodo con esa apreciación.

Durante los primeros días de su estadía en el pueblo, propuso algunos cambios en la plaza principal y un reordenamiento jerárquico en la fuerza policial, que hasta ese momento —según sus afirmaciones— no se correspondían con lo que se veía en el resto del mundo. Repetía mucho esa expresión: “resto del mundo”. Nadie sabía de dónde venía, pero entendíamos que traía mucho conocimiento de aquel lugar. Sus presentaciones eran muy ordenadas: convocaba a los vecinos interesados (al principio íbamos todos; más tarde, no más de cinco o seis), hacía una introducción llena de palabras apropiadas y finalmente entregaba copias de un documento mecanografiadas en papel membretado. No quedaba muy claro quiénes llevarían adelante las acciones propuestas; el concejal no daba detalles sobre esto, aunque era muy preciso en definir plazos. Siempre se refería a “su equipo” como una entidad abstracta para la concreción de los proyectos.

Nunca antes en el pueblo habíamos tenido concejales o políticos de ningún tipo. Habíamos visto algunos por televisión y comentábamos sus escándalos. Pero nuestro concejal no se veía muy escandaloso. Había instalado una oficinita frente a la plaza central y repetía que pasáramos a charlar con él, que le planteásemos los problemas que veíamos en el pueblo. Muchos dudábamos si podía resolver algo o si era que se sentía solo.

La gente tiene que confiar en sus representantes —había dicho en alguna de sus entrevistas—, tienen que saber que estamos a su servicio, y que es su derecho presentarnos sus reclamos cuando no trabajamos por ellos. —Hablaba en plural, aun si no había otros como él, lo que más tarde interpretaríamos como premonitorio.

Pasados algunos meses, el hijo de Patricia cumplió dieciocho años y declaró que era su deber para con el pueblo sumarse a la búsqueda del bien común iniciada por el concejal. Me hizo reír que dijera eso justo antes de soplar las velitas; algunos aplaudieron. El trabajo en equipo pareció funcionar bien. Al principio, los dos se encerraban en la oficinita y no se escuchaba nada desde afuera; más tarde, comenzaron a reunirse en la plaza y subían la voz citando a no sé qué autores. En una convocatoria pública, presentaron los resultados de sus “encuestas de satisfacción”. Habían realizado dos, y era cierto que la segunda había sido más favorable que la primera, mostrando una mejora en lo que llamaban “su gestión”. Pero la última se había hecho en primavera y para esas fechas más de uno en el pueblo ya se había enamorado. Esto no impidió que el equipo se fortaleciera, y en las semanas siguientes vimos entrar y salir de la oficinita a más gente que nunca.

No sabemos a ciencia cierta quién la ideó, pero la campaña “Todos somos concejales”, acompañada de volantes, pancartas y un espectáculo cultural, generó confusión en el pueblo. Nadie tiene dudas de que ese no era el resultado esperado, y de que esto desencadenó la renuncia final de nuestro concejal, quien partió un día de vientos fuertes, dejando tras de sí un tendal de oficinitas parecidas a la suya, algunas asociadas, otras enfrentadas, todas muy ordenadas y dando un aire de sofisticación al pueblo.

Pablo (Racca)

El pibe que escribe

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