Oda al detalle

Debía lograr que funcionara, tenía que terminar de construir la máquina. La ansiedad empapaba la mente de Rass, que se secaba la transpiración cada vez que una gota caía sobre los planos. Debía concluir el trabajo antes de que acabaran con él. Su invención podía cambiar el mundo, lo que no es bueno para la salud de un inventor. Rass lo sabía y deducía que estaban tras él. Pero se equivocaba.

Éste fue el modo en que se dieron las cosas, aunque muchos renegarán de la fiabilidad del relato: semanas atrás, en la lavandería, Rass saludó, sea al entrar, al salir o en medio de estos dos momentos, a la hija del lavandero, o tal vez a la señora del mismo —él no se había percatado de quién estaba alrededor, asfixiado como se sentía por sus propios pensamientos—, y entonces el lavandero captó un tono en la voz de Rass, una oscilación aparente en el aire que salió de la boca de su cliente. El mundo se detuvo por un instante: cesaron el giro de los tambores, el suspirar del vapor de las planchas, el humedecer de la humedad del lugar. La ceja del lavandero apenas se levantó o bien la comisura del labio se movió, como únicas reacciones exteriores al descaro de Rass, lo que devino en la decisión de venganza. Luego todo volvió a su curso, Rass recogió su ropa, pagó y salió. Al llegar a casa descubriría que faltaba un pañuelo o el cordón de una zapatilla, pero eso es otro cuento.

En verdad perseguían a Rass, pero por razones que él erraba en interpretar, y su muerte era inminente. Su trabajo quedaría inconcluso y el mundo, una vez más, debería esperar por soluciones, porque entre los resquicios de su superficie corren fuerzas misteriosas que todo lo modifican, todo lo tuercen y llevan a fines disparatados, dando lugar, cada día, a más y más historias.

Pablo (Racca)

El pibe que escribe

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