Padre e hijo

El mozo nos trajo la cuenta y mi padre otra vez insistió en pagar. Yo no quería discutir frente al tío Hernán, pero mi rostro de frustración lo decía todo. Me levanté bruscamente y busqué el baño del lugar. Ya había pasado los cuarenta años y mi padre me pagaba los gastos como si tuviese doce. Y cualquier discusión al respecto podía prolongarse por varios minutos sin llegar a ningún lado. Él no conocía el detalle de mis ingresos, pero era claro que mi sueldo era mayor que su jubilación. De cualquier forma, él no aceptaba ese argumento; podría yo ser dueño de la General Motors, pasarlo a buscar con el avión privado de la empresa, y él volvería a pagarme el almuerzo.

El siguiente fin de semana se me ocurrió la idea. Estaba desayunando en su casa, como cualquier domingo, cuando se escuchó el grito del diariero. Mi acto reflejo fue acercar la mano al bolsillo donde tenía la billetera; el rechazo de mi padre fue inmediato. Pero esta vez no me iba a ganar. Cuando salió de la habitación, traté de pensar cuál sería el mejor lugar: recordé el cajoncito de la pieza donde siempre había algo de plata, corrí hasta ahí y dejé los veinte pesos que costaba el diario. Lo pensé mejor y dejé doscientos.

Luego de algunos días, como no había recibido ningún comentario de su parte, repetí la operación. El corazón me latía con fuerza, como si estuviese cometiendo un crimen terrible o una travesura de niño, aunque lo primero nunca lo había cometido y lo segundo, pocas veces. Pasadas unas semanas, cuando se volvió a presentar el cuadro en el restaurante, ni me mosqueé.

Continué haciendo lo mismo una vez al mes durante un año, alternando los escondites, algunos lo suficientemente creativos como para felicitarme por unos días. Me imaginaba a mi padre abriendo cajoncitos o sobres de impuestos viejos sin entender, creyendo que era plata que olvidaba por ahí. Lo que no me daba cuenta era que con mi accionar estaba activando un pequeño circuito en su cabeza, uno que lo comenzó a desesperar.

Hijo, llegó el alzheimer.

La frase me congeló con el tenedor frente a la boca. Mi padre me explicó que había intentado llamar a la tía Andrea, pero que ya no recordaba el número de teléfono, que se había cruzado con un amigo de la escuela, Raúl Leguizamón, y no lo había reconocido, y otras anécdotas similares. Intenté  minimizar el tema hasta que mencionó lo de la plata.

Me empecé a sentir mal cuando encontré un dinero que no recordaba haber guardado. Fui al médico y me dijo que no me preocupara, que era un olvido común y corriente. Pero volví a encontrar plata y lo llamé. Me hizo unos estudios y no encontró nada. Cuando le dije lo de Leguizamón, que también era conocido suyo, me dio unas pastillas. Estoy preocupado, hijo.

Cancelé la operación esa misma semana. Una tarde, sabiendo que mi padre no estaría en casa, la recorrí entera recogiendo los billetes que él todavía no había encontrado. No pude explicarle la situación; algo me decía que sería peor para él.

Unos meses más tarde, mi padre murió. Nunca supe si mi pequeño crimen o gran travesura había tenido algo que ver. Al año siguiente conseguí un ascenso en el trabajo. Mi salario aumentó, pero poco tenía en qué gastarlo. Una parte del dinero la depositaba en el banco, pero otra prefería guardarla en diferentes lugares de mi departamento. Tardé bastante tiempo en darme cuenta de que el dinero estaba desapareciendo. Era poca la gente que venía a visitarme y no tenía un hijo que pudiera revisar el lugar. Pensé si estaría perdiendo la memoria o si mi padre tendría algo que ver. No me cabían dudas de que alguien le habría revelado mi actuar después de su muerte y llegada al lugar que le correspondiese.

Un día, decidí esconder unos quinientos pesos en la casa de mi hermana, en una alacena fuera del alcance de los chicos. La llamé unos días más tarde: me dijo que allí no había nada y me preguntó qué hacía guardando plata en su casa. Inventé alguna excusa y corté. Unos días más tarde subí al auto con algunos frascos llenos de plata y una palita de juguete. Tomé la ruta hacia el campo. Marcando en un mapa los lugares elegidos, y verificando que nadie me viera, enterré los frascos. Ya de regreso, no soporté la intriga y volví al primer punto: debajo de la montañita de tierra no había rastros de frascos ni de dinero. No supe a qué velocidad conducía, pero en apenas unos minutos llegué al lugar del último frasco: nada.

¡Acá está mi billetera! ¡Llevátela también!

Tiré la billetera con fuerza al suelo y clavé la mirada donde había caído. Esperé. Cuando creí que había pasado un tiempo considerable, la levanté: el dinero y las tarjetas estaban ahí.

¡Dije que te la lleves!

Volví a tirarla y la pateé. Miré en todas las direcciones.

¡¿Dónde estás?!

El ruido me asustó. Al darme vuelta, una especie de topo enorme, que había emergido desde debajo de la tierra, me miraba —o parecía que me miraba— con la billetara en la boca. Una luz refulgía como un aura a su alrededor.

¡¿Qué?!

El topo emitió un chillido extraño y violento. La luz me lastimaba los ojos.

¡No! ¡No!

Se hundió bajo tierra. Le arrojé la palita pero fallé. Bajé la vista y encontré el dije con las fotos de mis padres; habría caído de la billetera. No sé cuánto tiempo permanecí allí. Bajaba el sol cuando emprendí el camino a casa.

Pablo (Racca)

El pibe que escribe

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