Consecuencias de las primeras resurrecciones en la ciudad

Escuché la explosión como si hubiera sucedido a mis espaldas. Me conecté a la red social y, efectivamente, allí confirmaban que un avión había caído en mi patio trasero. Corrí hacia la ventana y los vi: los resurgidos —el nombre mediático que recibirían más tarde— bajaban por los toboganes de emergencia con cara larga.

Compartí la foto por la red y agregué, en tono humorístico, que el agujero que había creado el impacto me ahorraría la excavación para instalar la pileta. Nadie prestó atención a ese comentario y las especulaciones crecieron alrededor de la imagen. Decidí actuar con sentido común: “Iré a preguntar”, escribí antes de salir. Algunas respuestas me calificaron de audaz, otras me descalificaron. Salí de todas formas, algo confundido.

Otro aterrizaje perfecto —oí decir al hombre que saltaba desde la cabina del avión. Pero el aterrizaje había sido más bien una caída libre.

Los seres humanos vueltos a la vida caminaban cabizbajos hacia la calle, con la expresión de alguien que se despertó en la madrugada de un día en que podía dormir hasta más tarde. Me acerqué al tobogán de emergencia del avión y lo toqué: era inflable y de un color entre rojo y anaranjado intenso. Pregunté al piloto si podría quedármelo.

Aquí irá la pileta —sonreí. Me hizo una seña con el pulgar en alto. Me explicó brevemente sobre los cuerpos: muertos al subirlos al avión, vivos ahora tras el impacto; un experimento de la fuerza aérea.

Terminé de escribirlo en mi celular para compartirlo a otros y volví a preguntar sobre el tobogán. Hizo otra seña como asegurándome que no tenía más que decir, que podía conservarlo. “Es la muerte revertida”, escribió alguien en la red social. Asentí, ya que estábamos de acuerdo.

Algunas horas después, la discusión en las redes mostraba a muchos aplaudiendo el avance de la ciencia, mientras otros remarcaban lo anti-natural de la situación. Otros impactos de aviones se habían repetido en varios puntos de la ciudad. “¿Cuántos serán ya?”, decía alguien. Sobresalía, entre toda la información, un video corto que mostraba la respuesta de un resurgido; le habían preguntado qué había visto después de su primera muerte: “No recuerdo nada”, contestó. También se hizo público el fallo de un proceso judicial, resuelto gracias al regreso de un testigo silenciado por una muerte sospechosa. Pero el hombre no se mostraba nada agraciado en las imágenes: se lo veía vacío, como a otros que cruzábamos en las calles.

Serían cinco con cuarenta. —Un resurgido atendía el almacén en la esquina de mi casa. Era el antiguo dueño del local. Verifiqué el vuelto, corroboré que no fallara en las matemáticas. Antes de salir, pregunté por su señora y sonreí, o tal vez fue al revés. No recuerdo qué dijo, pero a sus espaldas apareció una de sus hijas, con la cara algo amarilla y ojeras como nunca le había visto.

La municipalidad se mostraba cauta públicamente, pero sabíamos que puertas adentro el intendente y su gabinete se tomaban la cabeza tratando de dilucidar el estatus fiscal de los resurgidos. Las redes seguían poblándose de relatos donde padre o madre vueltos a la vida deshonraban a sus hijas, casadas con el novio nunca aceptado. Se extendía la sensación de que la cosa no iba bien, y el malestar se reflejaba en el aumento de la tasa de desempleo, según mostraba el noticiero nocturno.

Las fotos de los colectivos que se llevaron a los resurgidos inundaron los medios. Nadie entendía si podrían morir por segunda vez, pero ellos aceptaban ser transportados. Nunca supe adónde iban y los comentarios en las redes eran más bien difusos. El más aplaudido, aunque no respondía nada, decía: “El mundo madura cuando puede prescindir de alguien más”. “Aprendimos que la muerte es necesaria”, leía otro con menor aceptación; lo secundaba la imagen de una madre saludando sonriente a uno de sus hijos que emprendía su segundo viaje a alguna parte. La ciudad exhalaba tras semanas de tensión. Escribí: “Me pregunto si podríamos haber comprendido todo esto ahorrando la energía de los que no tenían para qué volver”. Lo releí asintiendo; a veces la exposición virtual me inspiraba. Apagué el celular.

Pablo (Racca)

El pibe que escribe

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