Revelaciones

Observaba la calma del día desde el balcón, cuando vi el punto lejano en el cielo: avanzaba hacia mí. Se movía lentamente. No tardé en entender que la perspectiva me engañaba; el objeto no viajaba en dirección al edificio, sino que pasaría por encima de él. La nave espacial cubrió el cielo de la ciudad, y en poco tiempo había desaparecido de la vista. Fue como un tapón que oscureció el lugar y luego se fue y la luz volvió a inundarnos. Algunas personas habían intentado entablar comunicación a los gritos, otros, con sistemas computacionales; pocos habían disparado hacia arriba. Esa noche pude ver por internet que todos hablaban del avistaje: naves de iguales características habían atravesado el cielo por todo el mundo, y no provenían de nuestro planeta. Así como habían llegado, se habían ido. Las redes sociales explotaban. “Los extraterrestres existen: hay vida más allá de la Tierra”, declaraba la humanidad a una voz. Los gobiernos e instituciones globales no encontraron otra explicación. Ese fue el primer día.

A la mañana siguiente, estábamos en la oficina cuando los gemidos y ruidos de cadenas llegaron desde el pasillo. Siguieron los alaridos, abalanzándose como una ola sobre nosotros, que nos sumamos con gritos desesperados ante las apariciones. Eran personas, pero personas sin vida, semi-transparentes, que abrían las puertas, clavaban sus ojos en los vivos y seguían camino. Algunos abrían la boca y generaban un sonido eterno que bloqueaba a cualquier otro, como un borrador de frecuencias de otra dimensión. Fuera de esto, no mostraron mayor interés en nosotros. Así como aparecieron, se desvanecieron. Cuando dejamos de temblar, comprobamos que el fenómeno se había repetido en alrededor del globo. “La caravana de los muertos”, la describían. Mi vecina de escritorio aseguró que había visto a su prima, fallecida meses atrás. Las noticias mostraban hombres con redes metálicas o algo parecido, queriendo capturar a los seres, comprobando su inmaterialidad. “Hay algo después de la muerte”, fue el título de un documento de la UNESCO, porque lo que habíamos visto no era un truco y nadie podía discutirlo. Ese fue el segundo día.

Mucha gente se encerró en sus casas al tercer día. Algunos se reunieron en las calles, otros prefirieron las iglesias. Se hablaba del fin de los tiempos, pero el sol brillaba y el canto de los pájaros opacaba cualquier afirmación apocalíptica. A eso de las tres de la tarde, sin preámbulos, la voz retumbó en toda la calle:

Aquí estoy. No teman.

El eco se ahogó en el silencio. Pudimos sentir que ese silencio era mundial.

Segundos después, los celulares lo confirmaron. Las lágrimas también. “Dios habló, Dios existe”. Los canales de televisión coincidían. La voz había resonado en cada rincón de la Tierra; los testimonios de la gente confirmaban que lo habían oído en su propia lengua. Nadie dudaba, porque también lo habíamos escuchado en nuestro interior. La gente se abrazaba y hubo fiestas. Así transcurrió el tercer día.

Cuando amanecí al día siguiente, luego de un descanso sereno, no supe qué debía hacer. No encontré razón para dejar de ir al trabajo. En la oficina se habló poco; si había escritorios vacíos, nadie hizo preguntas y el día avanzó con normalidad. Algunos no aparecieron en toda la semana. Ese domingo volví a Misa luego de años. El lugar estaba abarrotado. Al día siguiente fue lunes. No noté más cambios ni sucedió mucho más.

Pablo (Racca)

El pibe que escribe

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