Conversación elemental

Decime, Aldo, si te preguntara sobre el amor, ¿qué dirías?

Aldo me miró como sopesando la pregunta y dispuso sus palitos sobre la mesa, sus seis palitos idénticos, construyendo una forma simple. Pero eso, Aldo, es lo mismo que me dijiste cuando te pregunté sobre el terror. Me dijo que era la misma configuración, pero que cada palito estaba en otra posición. Sí, Aldo, me imaginé que lo justificarías así, pero quiero algo nuevo, ¿qué tenés de nuevo para decirme sobre el amor? Me aseguró (no esperó un segundo para hacerlo) que no había nada nuevo para decir sobre el amor, que para cosas nuevas estaban los celulares. No, no, Aldo, podemos hablar, por ejemplo, del amor como síntesis química que se produce en el cerebro, eso es nuevo. Vomitó; así como dije síntesis química, vomitó. Muy poético, Aldo. Entre los dos, limpiamos el desorden. Se quedó en silencio, tal vez un poco avergonzado. Después de largo rato me pidió disculpas y me dijo que él no estaba preparado para escuchar eso. Te entiendo, Aldo, no todos estamos preparados para la novedad. Me preguntó si eso no debía ser algo sorprendente que nos deja sin palabras. Eso sería la belleza, Aldo. Y ahí me largó casi un tratado sobre la novedad y la belleza. Y ahí yo me di cuenta de que Aldo estaba enamorado, porque hablaba como si estuviese flotando y sus palabras formaban el contorno de una princesa. No puedo hablar del amor con alguien que está enamorado, Aldo, hubiésemos empezado por ahí. Sonrió, como si me diera la razón. Quizás podríamos hablar de la soledad, Aldo; ahora te está permitido hablar sobre eso. Me dijo que no quería. Lo miré entrecerrando los ojos, descalificándolo. Es el momento justo, Aldo, para que hablemos sobre la soledad; tal vez hay algo nuevo ahí. Agarró sus palitos y los empezó a unir de dos en dos; no quería hablar. Le insistí. Agarró una birome y trazó flechas entre los pares de palitos. No te entiendo nada, Aldo. Me miró como si fuera a acuchillarme. Me dijo que no iba a hablar de la soledad, ni del amor ni de nada, y agregó no sé qué cosa sobre los sentimientos. Bueno, Aldo, no me esperaba que te pusieras así, pero estás a punto de decir algo nuevo y no me voy a ir hasta escucharlo. Golpeó la mesa. Los palitos volaron, él los miró con desesperación. Me pidió que entendiera que yo estaba comparando dos cárceles casi idénticas con barrotes uniformes, comunicadas por un túnel conocido sólo por uno mismo. Comprendo, Aldo, pero por favor evitá cualquier imagen elíptica. No me escuchó, porque agregó que cada celda era idéntica excepto por la ventana que estaba en una de ellas.

Y en una de las dos se puede hablar. En la otra no.

Está bien, Aldo, agregaría algún comentario respecto a ese túnel, pero la imagen es tuya, no mía. Siguió diciendo que el túnel estaba ahí desde antes de que llegásemos, porque los hombres somos incapaces de construir túneles o puentes, pero yo ya no lo escuchaba. Está bien, Aldo, ya está bien. No tenés por qué entender, Pablo, si te estoy hablando de algo nuevo. Le dije que creía entenderlo. ¿Por qué me querés entender, Pablo? Le dije que pensé que ése era el fin de la conversación. El fin, Pablo, es la contemplación, siempre es la contemplación. Me levanté y me fui.

Pablo (Racca)

El pibe que escribe

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