Antípoda

Arnaldo Orión – Odontólogo”, leía la plaquita sobre el timbre de la puerta, y allí se acababa el orden en la casa de este hombre quien, insomne desde hacía quince días, observaba a su vida desinflarse como un globo que se escapa y corre de un lado al otro de la habitación con trayectoria indefinida y velocidad dispar, espasmódico, lanzando un sonido despachurrado que quita la esperanza y confunde al perro, que con tanto movimiento extraño cree que toda hora es hora de paseo, de comida, de visitas y entonces salta y se mete entra las piernas del dueño. Arnaldo Orión nunca

                                                             aprendió

                                                                              a atar el nudo de un globo.

Dándole vueltas al tema, sin poder ya medir la afectación de la falta de sueño sobre su psiquis —el sueño formaba un sustrato informe donde rebotaba todo pensamiento—, había dado con lo que llamó “una solución”: viajar a las antípodas. Arnaldo Orión leyó, vio una imagen o un video (algo) en internet, y creyó entender que, en el punto antipodal al que él ocupaba en la Tierra, alguien dormía mientras él no. Tal razonamiento le bastó para hacerse de rudimentos cartográficos, calcular latitud y longitud de aquel punto, adquirir un GPS, pasajes de avión, estadía —para qué, si no podría dormir: canceló el hotel—, todo sin levantarse de la silla, a cualquier hora de la madrugada y con una convicción que nunca antes había mostrado.

Entonces, esperó.

Mientras esperaba (la mañana siguiente, el día de su vuelo, la posibilidad de dormir), imaginó a su antípoda. Así había nombrado al hombre que dormía, a quien se sentía unido por la misma línea diametral que enlazaba las locaciones que ocupaban. Sólo que el otro estaba despanzurrado en medio de la cama, soñando dentro de un sueño dentro de otro y así, en una secuencia que tendía al infinito. Llegado el día de viaje, sin embargo, valija en mano y con un pie fuera de su casa, decidió que no odiaría a ese hombre. Esto fue una gran lección para él: el odio es, en gran parte, una decisión. Cerró la puerta y viajó.

Durante el viaje sintió cómo, a cada instante, perdía registro del momento anterior. Toda su percepción estaba centrada en la escena que encontraría más tarde: un camino, una choza en medio de Huai’an —la ciudad antipodal—, un tumulto de gente obstruyendo la entrada, una habitación con vista al Sur —dirección opuesta a la de su dormitorio—, un hombre-antípoda desmayado boquiabierto ante la mirada de congoja de la esposa, los niños, algunos doctores: el cuadro antipodal al del odontólogo Arnaldo Orión.

No trataremos de explicar en este párrafo el desgajamiento dimensional de la cuestión —si bien la física es materia para la literatura, no tiene nada de literaria—, pero Arnaldo Orión, de pie frente a su antípoda, apartando por un instante el sueño que lo aplastaba, entendió muy bien que era él quien estaba allí durmiendo, parte de él o algo así que las palabras no fuerzan a explicar, y segundos antes de caer en la cama, ante la mirada extrañada de todos alrededor, supo que despertaría al otro, que despertaría él mismo a algo nuevo, y que las historias no terminan, nunca terminan: sólo continúan.

Pablo (Racca)

El pibe que escribe

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