El presentador

Abrió la puerta de su oficina maquinalmente, con la cabeza en otra cosa. Pensaba —o creía que pensaba— en la pregunta que haría en la entrevista de esa misma noche. En realidad, poco le importaba esa pregunta; quería causar un efecto y sabía que en la televisión eso se conseguiría ordenando meticulosamente un conjunto de factores que poco tendrían que ver con las palabras que formularían el interrogante. Al mismo tiempo, discutía con su esposa a través de su smartphone. Si bien hacía más de un minuto que había cruzado la entrada de la oficina, permanecía al lado de la puerta con los ojos en el celular y la mano derecha en el picaporte.

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Idea

Estaba en medio del desayuno, cuando me atacó el pensamiento del tiempo transcurrido con un leve susurro —«ya es julio»—, como una gota amarga queriendo aguar el sabor de haber amanecido una vez más. Podía ignorarlo, taparlo con algún estímulo exterior estridente, pero más bien opté por observarlo y observarme, desdoblando mi capacidad de percepción para abrazar el momento en su totalidad. Para mi sorpresa, invocada tal vez por el silencio, detrás del pensamiento gris emergió una idea. Bella, estilizada, finísima. Su brillo me encandiló; no la esperaba hoy, un día como cualquier otro, signado solamente por la inminente llegada del plomero-gasista.

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De la propiedad intelectual sobre las obras

Klaus se sentó al borde de la ruta. A ambos lados, el camino se extendía más allá del alcance de la vista. De haber tenido que continuar su viaje, Klaus hubiese sabido qué dirección tomar: derecha o izquierda, dos direcciones posibles, una decisión sencilla. Pero no era éste el caso; sus ojos se dirigían al otro lado de la ruta. Con un leve movimiento de cabeza, musitando apenas los números, contaba las hojas desparramadas fuera de su alcance.

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El concejal

Era la época de la crecida del río y la correntada traía cosas de lo más extrañas a las costas del pueblo. Debíamos caminar con atención por la playa —”con un ojo en la espalda”, como decía mi mamá— por los bichos que podían aparecer, y convenía andar siempre con un baldecito para recoger piedras, caracoles o alguna que otra flor desconocida. Pero lo más raro que nos trajo la crecida fue un concejal.

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Oda al detalle

Debía lograr que funcionara, tenía que terminar de construir la máquina. La ansiedad empapaba la mente de Rass, que se secaba la transpiración cada vez que una gota caía sobre los planos. Debía concluir el trabajo antes de que acabaran con él. Su invención podía cambiar el mundo, lo que no es bueno para la salud de un inventor. Rass lo sabía y deducía que estaban tras él. Pero se equivocaba.

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Padre e hijo

El mozo nos trajo la cuenta y mi padre otra vez insistió en pagar. Yo no quería discutir frente al tío Hernán, pero mi rostro de frustración lo decía todo. Me levanté bruscamente y busqué el baño del lugar. Ya había pasado los cuarenta años y mi padre me pagaba los gastos como si tuviese doce. Y cualquier discusión al respecto podía prolongarse por varios minutos sin llegar a ningún lado. Él no conocía el detalle de mis ingresos, pero era claro que mi sueldo era mayor que su jubilación. De cualquier forma, él no aceptaba ese argumento; podría yo ser dueño de la General Motors, pasarlo a buscar con el avión privado de la empresa, y él volvería a pagarme el almuerzo.

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Consecuencias de las primeras resurrecciones en la ciudad

Escuché la explosión como si hubiera sucedido a mis espaldas. Me conecté a la red social y, efectivamente, allí confirmaban que un avión había caído en mi patio trasero. Corrí hacia la ventana y los vi: los resurgidos —el nombre mediático que recibirían más tarde— bajaban por los toboganes de emergencia con cara larga.

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Antípoda

Arnaldo Orión – Odontólogo”, leía la plaquita sobre el timbre de la puerta, y allí se acababa el orden en la casa de este hombre quien, insomne desde hacía quince días, observaba a su vida desinflarse como un globo que se escapa y corre de un lado al otro de la habitación con trayectoria indefinida y velocidad dispar, espasmódico, lanzando un sonido despachurrado que quita la esperanza y confunde al perro, que con tanto movimiento extraño cree que toda hora es hora de paseo, de comida, de visitas y entonces salta y se mete entra las piernas del dueño. Arnaldo Orión nunca

                                                             aprendió

                                                                              a atar el nudo de un globo.

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Revelaciones

Observaba la calma del día desde el balcón, cuando vi el punto lejano en el cielo: avanzaba hacia mí. Se movía lentamente. No tardé en entender que la perspectiva me engañaba; el objeto no viajaba en dirección al edificio, sino que pasaría por encima de él. La nave espacial cubrió el cielo de la ciudad, y en poco tiempo había desaparecido de la vista. Fue como un tapón que oscureció el lugar y luego se fue y la luz volvió a inundarnos. Algunas personas habían intentado entablar comunicación a los gritos, otros, con sistemas computacionales; pocos habían disparado hacia arriba. Esa noche pude ver por internet que todos hablaban del avistaje: naves de iguales características habían atravesado el cielo por todo el mundo, y no provenían de nuestro planeta. Así como habían llegado, se habían ido. Las redes sociales explotaban. “Los extraterrestres existen: hay vida más allá de la Tierra”, declaraba la humanidad a una voz. Los gobiernos e instituciones globales no encontraron otra explicación. Ese fue el primer día.

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Conversación elemental

Decime, Aldo, si te preguntara sobre el amor, ¿qué dirías?

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